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EL LIBRO DE EQUIS

PARTE 2: TRISTITIA

CAPÍTULO 16 - EL IMAGINARIO MUNDO DE LA POESÍA

Cuando llegó el sábado por la tarde, Equis ya no aguantaba más. Era imposible que desde el miércoles ella no hubiera tenido un rato para escribirle y necesitaba saber por qué era. Decidió hacerlo él.

Estaba muy enfadado. Quería llamarle, o mejor aún, plantarse en su casa y gritarle que qué demonios le pasaba; que cómo podía ser tan fría; que por qué reaccionaba como si le importase, pero luego pasaba completamente de escribirle, aun habiéndoselo recordado. Quería decirle que aquello le parecía cruel y que le parecía una mala persona por hacerlo. Pero, una vez más, Equis decidió ser comedido. Si le soltaba todo aquello a Eme cuando ni siquiera estaban juntos ella se lo tomaría a mal y se enfadaría seguro. Esa no era una buena estrategia. Necesitaba quedar con ella y realizar la sorpresa, eso podía ser lo que tornara la balanza a su favor. Así que probó una táctica muy acorde a la personalidad de Eme: hacer como si nada. 

    - ¡Hola Eme! ¿qué pasa? ¿te olvidas de mí? No te preocupes, me imagino que estás muy liada. Sigo necesitando decirte algo y enseñarte una cosa genial que he hecho para ti ¿por qué no me regalas una hora de tu tiempo hoy? Te prometo que no te robaré ni un segundo más ¿te apetece o qué? 

Había echado toda la carne en el asador. Haciendo como si nada llevaba a cabo el último intento de poder conectar con ella para darle la sorpresa y recuperarla. Esperó toda la tarde junto al teléfono. La tarde se convirtió en noche y Equis no sabía qué hacer con el ansia que tenía por saber la respuesta de Eme. En realidad, si ella quería, podían quedar en lo que Equis tardara en ir a recogerla. Luego la llevaría al parque, al rincón donde estaba el banco con las magníficas vistas. Pero el maldito teléfono no sonaba. 

Cuando llegaron las once de la noche, Equis estaba totalmente desquiciado. No quería volver a estar indefinidamente así, como había estado días antes, por eso decidió llamar a Eme. Ella odiaba hablar por teléfono y casi nunca se comunicaban a través de llamadas. A Equis tampoco le gustaba, prefería el “cara a cara” a una llamada, pero también prefería una llamada a un mensaje. Eme no, ella odiaba hablar por teléfono más que nada. 

Lo hizo, la llamó. Cuando llevaba cuatro tonos, la llamada se cortó, indicando que le había colgado. Equis ya no sabía que hacer ¿cómo era posible que se sintiera tan lejos de Eme? ¿cómo era posible que no pudiera ni hablar con ella? Pasó cinco minutos frente al teléfono hasta que se dio cuenta de que iba a ocurrir exactamente lo mismo que las otras veces: no iba a contestarte hasta el día siguiente, por lo menos. 

Se había tumbado en su cama y habían pasado veinte minutos cuando sonó su móvil. Lo cogió corriendo y vio que era un mensaje de Eme. Era largo y mortal. 

    - Hola Equis. Siento no haberte escribo, pero ya te dije que estoy muy liada con el trabajo ahora mismo y es que no tengo cabeza para más. Mira, lo he estado pensando y no creo que sea bueno que nos veamos. Creo que no podemos volver juntos porque volverán las mismas cosas que hacían que no estuviéramos bien. Al principio, cuando me escribiste la primera vez, te echaba mucho de menos y pensé que sí, que quería escuchar lo que tuvieras que decir. Pero pensándolo me he dado cuenta de que no creo que eso vaya a funcionar porque yo ya no siento lo mismo por ti. Lo siento mucho por haberte dicho que sí y luego que no, pero ahora lo que necesito es estar sola. Un abrazo Equis 

Las palabras de Eme era totalmente claras y razonables. No había absolutamente nada reprochable en ellas y, en caso de haberlo, se había disculpado por ellas. Era lo más duro, ver aquella respuesta perfecta y armoniosa para decir eso que nadie que está enamorado quiere oír. La respuesta de Equis fue corta y resignada. 

    - Vale Eme, gracias por ser sincera. Un abrazo 

Esa noche, Equis se quedó dormido llorando hacia las tres de la mañana. Ya no importaba que Eme le hubiera tenido esperando, ni los nuevos planteamientos que Equis pudiera tener sobre su relación. Ya nada importaba, Eme no quería estar con él. Pensar en todo lo que aquello era demasiado, quizás por eso su cuerpo no tuvo más remedio que llorar y llorar hasta dormirse. 

Al día siguiente se levantó a medio día y, después de tomarse un café, se fue a dar un paseo por el parque. Iba en chándal y tenía una pinta horrible. Total, ya nada importaba. Llegó hasta el banco situado sobre una colina que se elevaba entre los muchos árboles del enorme parque. Se sentó frente a las maravillosas vistas y se encendió un cigarrillo. 

Ya notaba como las lágrimas se le estaban empezando a acumular en los ojos. En un primer plano estaba él, sentado de espaldas fumando. En un segundo plano y más abajo, los muchos árboles de aquel enorme parque. Por encima de ellos estaba el gran edificio de viviendas que tenía los característicos salientes en sus tejados. En tres de ellos, había tres pintadas colocadas estratégicamente, una letra por cada uno: E M E. 

Le habían quedado genial. Parecía como si estuviera escrito casi sobre el cielo. Incluso le parecía que quedaba genial el toque que le daba la mezcla de colores de los primeros brochazos de dos letras, debido a usar el mismo rodillo para todo. Cada letra tenía un color: verde, azul y amarillo. Detrás de la línea que creaba el techo de la urbanización y sus salientes, se veía otra línea con los edificios más altos de la ciudad de Madrid. Detrás, el cielo. 

Era una imagen muy dura para Equis. Y frente a ella se empezó a dar cuenta de todo: Tristitia no era un lugar en el que se había adentrado para conocerse mejor y superarse. Tristitia era simplemente tristeza, convertida en una invención de Equis. Una tristeza profunda y perturbadora que era imposible asimilar de golpe. Por eso Equis creó Tristitia y se imaginó que había un propósito, el de comprenderse a sí mismo. Pero era solo eso, tristeza que no sabía digerir. 

Habían sido dos semanas devastadoras. Dos semanas en las que había sentido la tristeza más profunda, la esperanza de volver con Eme, el ansia de esperar su respuesta y la tristeza de nuevo. Pero había un detalle concreto por el cual Equis empezó a llorar sentado en aquel banco: en el tejado, al pie del muro de la primera “E”, había un hombre con un gran rodillo y con varios botes grandes. Estaba pintando de negro sobre la letra que había dibujado Equis días atrás. Sabía que en algún momento pasaría, pero el hecho de ver que estaba ocurriendo en ese instante era doloroso. 

Equis se fumó aquel cigarro y otro más mirando como desaparecía lo que tenía que haber sido el motivo de su reconciliación con Eme. Lloró por última vez, allí, sentado en el banco, viendo los árboles del parque, el edificio de viviendas con su obra desapareciendo, el skyline de Madrid, el cielo... Y, por fin, asimiló el sueño en el que había estado viviendo. 

16 – El imaginario mundo de la poesía

En el mundo de la poesía
Puedo admitir mis errores
Y así recobrar la armonía
Y de lo malo volvernos mejores
Puedo llorar y ver que llores
Hacer lo que jamás se haría...
En el mundo de la poesía
Tú eres la chica de mis sueños
Y nos amamos a sangre fría
No nos retrae ningún asedio
Ni nos ignoramos ningún día
En el mundo de la poesía
Allí sueño cada noche
Con que tal vez hoy me escriba
Para que se desarrolle
Ese amor que es de por vida
Hasta hoy, que me echo a llorar
Débil por lo que he perdido
Por querer volver a andar
Junto a ella y sus latidos
Junto a toda su verdad
Junto a lo que compartimos
Y lo más duro es aceptar
Que detrás de lo que escribo
Se esconde el mundo real
Y allí no quiere estar conmigo

FIN DE LA SEGUNDA PARTE

Diseño Capítulo 16 - El imaginario mundo de la poesía

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