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EL LIBRO DE EQUIS

PARTE 2: TRISTITIA

CAPÍTULO 12 - MALDITO PORTADOR DE MIEDOS

Desde aquel tejado negro, Equis vio cómo se iba el sol poco a poco por el horizonte. Ya estaba a punto de anochecer del todo. Se quitó el chaleco reflectante y lo metió en el carrito. La gorra se la dejó, para ser menos reconocible. Se dirigió hacia el primero de los tres grandes salientes que debía pintar en el tejado. Equis creía que en esos bloques cuadrados que sobresalían estaría el hueco del ascensor o algo parecido, ya que estaban situados justo en el centro de la “U” que conformaba cada bloque.

Fue primero al que más alejado estaba de la terraza por la que había entrado. Había decidido hacerlo así para que, a medida que fuera completando las pintadas, estuviera más próximo a la salida, por si tenía que poner pies en polvorosa en algún momento. Había varias terrazas con sus respectivos accesos a los diferentes portales, pero por el que había entrado Equis era el único que estaba abierto. El tejado era bastante alto, por lo que no había muchas ventanas de los edificios colindantes que pudieran verle - pero las había. El principal problema era el gran parque por el que había venido, que estaba justo enfrente de donde iba a realizar todas las pintadas.

Cuando llegó al primer saliente, se sentó para que se le pudiese ver lo menos posible y se organizó. Una vez que empezara, tenía que hacerlo todo lo más rápido que pudiera. Sacó el bote de pintura amarilla, que era el primero que utilizaría. Luego sacó el rodillo y las varillas que, unidas unas con otras, le permitirían extenderlo para abarcar cuanta más pared mejor. Además se puso los guantes de látex que había preparado y dejó a mano, dentro del carrito, el siguiente bote de pintura que usaría.

Se levantó, y echó un vistazo alrededor, sobre todo al parque. No parecía haber nadie que pudiera verle, así que se puso manos a la obra. Mojó el rodillo en el bote de pintura amarilla y comenzó a impregnar la pared con ella. Era un muro bastante grande, tardó más o menos cinco minutos en tenerlo listo.

Cuando acabó, cerró el bote de pintura amarilla, lo metió en el carrito y se dirigió al segundo punto. Allí realizó la misma operación: miró alrededor y sacó el bote de pintura, que está vez era azul claro. Todos los colores debían ser claros para contrastar con el negro del tejado. Con este muro tardó alrededor de diez minutos. Al terminar, guardó el bote de pintura en el carrito y miró la hora. Iba bien de tiempo y en no más de 15 minutos habría terminado. Decidió fumarse un cigarrillo para disfrutar de aquel momento. Seguía estando nervioso, pero también se sentía seguro de sí mismo y capaz de acabar con la misión. Se lo fumó escuchando el murmullo de la ciudad.

Cuando terminó su cigarro, Equis se dirigió al tercer y último emplazamiento, llevando en una mano el carro y en la otra el largo rodillo con el que pintaba. No había dado más de cuatro pasos cuando, con el rabillo del ojo, se dio cuenta de las luces azules que había a su izquierda. Era un coche de policía aparcado justo enfrente de él, en el borde del parque. Había dos agentes fuera y parecía que estuvieran mirando justo hacía donde estaba él. Fue todo muy rápido: Equis miró durante un segundo e instintivamente se tiró al suelo con el carrito y el extenso rodillo. Después de jadear un poco por la tensión del momento, se quedó inmóvil y callado para ver si podía escuchar algo de lo que ocurría enfrente. Todo estaba en silencio, pero no un silencio sepulcral como el que le había llevado a Tristitia varios días antes en su cuarto. Este era el silencio de la vida, ese en el que oyes, aunque no distingues, los coches de todas las calles cercanas, el viento correr entre los edificios, entre los árboles; ese silencio que no es silencio, sino el murmullo de la vida que damos por hecho y que llamamos silencio. Si aquellos policías estaban hablando, Equis no podía oírles.

Estaba muerto de miedo. Se obligó a recordar por qué estaba allí. Era justamente por eso: para superar el miedo, para enfrentarse a él. Se tele transportó, una vez más, unos días atrás...

Después de pasar aquellas tres noches tan profundas y dolorosas, Equis estaba totalmente roto emocionalmente. Era miércoles y el cuarto día desde que lo había dejado con Eme. Se había vuelto a levantar tarde y bastante descolocado. Salió de la cama, abrió la persiana y la ventana, cogió un cigarro del paquete que tenía sobre la mesa y se volvió a tumbar. Se fumó aquel cigarrillo en silencio, pensando en todo y en nada a la vez.

- ¿Qué mierda me está pasando? Este no soy yo. Estoy totalmente bloqueado a nivel de pensamientos y emociones. Y encima están esas putas revelaciones que tengo por las noches... ¿por qué me pasa esto?

Estuvo pensando un buen rato acerca de ello. Si quería poder superar todo lo que le estaba pasando, iba a necesitar entenderlo. Decidió darle un nombre a la piedra en su pecho; al lugar al que se tele transportaba cada noche. Tristitia era un gran nombre para aquello. Sonaba a lugar y sonaba a triste, era perfecto. Después decidió centrarse en cada episodio concreto y en qué lecciones podía aprender de aquel dolor que brotaba de él.

La dos primeras noches, Equis las concebía como un grito de su alma diciéndole que echaba de menos a Eme y haciéndole recordar lo genial que siempre le había parecido ella y cómo él la había adorado más que a nada en el mundo. Todo eso en realidad ya lo sabía, aunque era algo doloroso de pensar en ese momento, en el que ya no estaba con ella.

La tercera noche era la que más le dolía analizar. No sabía si eran ciertos o no, pero había tenido muchos pensamientos que le llevaban a la conclusión de que tal vez se había equivocado en su manera de querer tener una relación con Eme. Quizás había sido por su propia inseguridad por lo que no había conseguido tener una relación en la que se sintiera a gusto con Eme.

Equis se obligó a levantarse de la cama para comer algo. Ese día ni siquiera se duchó, ya que no tenía para nada intención de salir del piso. Comió y volvió a la habitación. Se sentía a gusto, allí tumbado, sabiendo que podía quedarse a solas el tiempo que quisiera o necesitara para asimilar todo lo que le estaba pasando.

Estuvo varias horas pensando y anotando en un cuaderno cuales eran los motivos por los que había roto con Eme. Todo se resumía básicamente en una cosa: no era una relación equilibrada. Equis era mucho más cariñoso que Eme, mucho más atento. Siempre estaban en el barrio de ella, con los amigos de ella. Equis siempre se adaptaba a sus gustos...

Cuando se había contado toda esta historia anteriormente, cuando sí estaba con Eme, lo sentía todo como si él estuviera comportándose de la manera correcta y ella no. Pero ahora tenía muchas dudas – ¿y si era yo quién debía decir que no a las cosas que no me gustaban en vez de esperar que ella dijera que sí a las cosas que sí me gustan a mí? Y si me hubiera respetado más a mí mismo y hubiera hecho yo también “solo cosas que me apetecían en el momento” ¿quizás hubiéramos tenido una relación más equilibrada? – pensaba tumbado sobre su cama.

A medida que fue avanzando la tarde Equis empezó a sentirse más y más culpable. Quizás había perdido a una chica increíble solo por querer que las cosas fueran “exactamente como él quería que fuesen”. Se sentía muy confuso con todo.

Cuando volvió a llegar la noche, Equis volvió a cogerla con ganas, a diferencia del rechazo que había tenido los dos primeros días. Era un buena manera de purgar, además de un camino para conocerse mejor a sí mismo, a su parte más oscura e insegura.


12 – Maldito portador de miedos

Maldito portador
Después de la tormenta 
Solamente quedé yo 
Para rendirme cuentas
Para lidiar con la vergüenza
De todo aquello que me ahogó
¡Imbécil! me dije
La culpa es sólo tuya
No es excusa que granice
Para evitar que el amor fluya
Ni es excusa que alunice
Para que soñar destruya
Todo lo que quise
¡Maldita sea mi furia!
¡Maldita mi alma y lo que incluya!
Maldito portador de miedos...
Mirar ese ego que usurpa
Los pilares de mi cielo
Y ya no valen las disculpas
Yo contra mí, fuego a fuego
Y no quiero más culpa, culpa
Quiero infligir miedo al miedo…

Diseño Capítulo 12 - Maldito portador de miedos

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