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EL LIBRO DE EQUIS

PARTE 1: CINERE

CAPÍTULO 2 - EL BESO QUE ME ROBASTE

    - ¡Me encanta! - Dijo Eme entusiasmada – ¡Y qué ingenioso lo de la aplicación! – Añadió poniendo cara de complicidad.

Equis se sentía la persona más feliz del mundo cuando hacía regalos a Eme y lo mejor era que solo acababa de empezar. Le indicó que, después del poema, en el mensaje de la app, estaba la pista que llevaría al siguiente regalo. Equis la había puesto debajo, en el mismo mensaje, ya que de haberlo hecho en uno distinto hubiera sido la pista lo primero que hubiera visto Eme al abrir su bandeja de entrada. Ella lo leyó:

PD - ¿Te ha gustado? Espero que sí
Si quieres seguir jugando
Debemos ir caminando
Donde por primera vez te vi

Eme estaba metidísima en el juego. Equis sabía que lo que más le gustaba era la intriga por descubrir qué le tendría preparado en Plaza de España. Ese había sido el lugar en el que habían quedado en persona por primera vez, cinco meses antes. Pocos días después de hablar por la aplicación, decidieron que era una tontería seguir chateando en vez de quedar para tomar algo y conocerse en persona, ya que se habían caído genial desde el primer momento. Plaza de España era un sitio clásico de Madrid como cualquier otro para quedar en una situación así.

Al llegar al punto exacto donde se habían dado dos besos aquel primer día, Equis le dijo a Eme que se fijara bien en si veía alguna pista en algún sitio. Ella no tardó nada en darse cuenta: en un muro bajo, a su lado, había una pintaba hecha con spray. Era una Eme dentro de un círculo, imitando el símbolo de la novela gráfica “V de Vendetta”. A los dos les encantaba y fue el tema principal de conversación en su primera cita.

Después de verse en Plaza de España el primer día, habían ido a un bar que Eme conocía en el barrio de Malasaña. Cuando se quitaron los abrigos, ella vio que Equis llevaba una sudadera con la característica máscara de la novela gráfica. Le preguntó acerca de ella y no hablaron de otra cosa hasta que salieron del bar. De hecho, pidieron tres rondas de cerveza y ni se dieron cuenta de lo interesante que estaba siendo para ambos. Durante la cuarta ronda y antes de salir de allí, Equis, medio ebrio ya, cogió un bolígrafo que Eme había sacado del bolso y le pintó en la mano el símbolo de “V de Vendetta”, pero en vez de hacer un círculo con una “V” dentro, puso una “M”, la primera inicial de su nombre. Por eso ella reconoció el símbolo pintado en la estatua tan rápido: era imposible que fuera una casualidad.

    - Tío, ¿te has venido aquí por la noche para hacer esto o qué? ¿En plan grafitero? – Dijo Eme riéndose. – Vale, ya lo he descubierto, ¿y ahora qué?

    - ¿No ves nada más? ¿Te rindes? – Dijo él para jalearla.

    - Claro que no me rindo, mierda.

Equis se echó a reír. Le encantaba la naturalidad con la que Eme se expresaba siempre. Ella empezó a mirar alrededor. A algunos metros había otro símbolo igual. Y luego había otro, y otro... Caminaron por las calles de Malasaña investigando hacía donde llevaban. Pasaron por el bar donde habían estado conversando sobre “V de Vendetta” cinco meses antes, pero las pintadas seguían. Poco después, Eme se dio cuenta de a dónde iban.

Los símbolos llevaban a lo que ellos llamaban “la placita”, un sitio secreto al que ella había llevado a Equis aquel primer día, cuando salieron del bar. Ya estaban algo borrachos y había empezado a llover, así que Eme propuso a Equis que fueran a un lugar que ella conocía y donde no se mojarían. Era una pequeña plaza en una calle muy estrecha, saliendo del barrio de Malasaña. Una parte estaba techada y en ella había un banco de madera. El sitio estaba bastante escondido y era parte de una “zona privada”, por lo que no era un lugar conocido y, a altas horas, no había nunca nadie.

Tras comprar varias latas de cerveza y unas patatas fritas fueron para allá. Cuando llegaron, Eme empezó a enseñarle en su móvil videos de música psicodélica que solía escuchar. Ella tenía buen gusto para la música, aunque a veces un poco extraño para Equis. Él le propuso que alternaran y pusieran una canción cada uno. Como hacía frio y estaban viendo los vídeos desde el móvil, se sentaron muy juntos. Estuvieron así un buen rato y, cada vez que alguno quería hacer un comentario, ambos se giraban y sus caras quedaban muy cerca. Los dos sabían qué iba a pasar... Equis estaba saboreando el momento cuando Eme, de repente, le dio un beso. Fue uno corto y rápidamente se separó para mirar a Equis y comprobar su reacción. Fue tan inocente, tan infantil, que a Equis le llenó de ternura. Era sin duda uno de los mejores primeros besos que le habían dado jamás.

Y como si de un recorrido por su primera cita se tratara, llegaron a la placita, pero cinco meses después y siguiendo las pintadas. Había un último símbolo, enfrente del banco dónde Eme había besado a Equis aquel primer día. Junto a él, había una flecha que apuntaba hacia abajo, justo detrás de una papelera. Eme se acercó y sacó de debajo un sobre cerrado en el que ponía: “M”. Lo que había allí dentro era muy especial para Equis. Y era perfecto que Eme lo leyera en aquel sitio, donde se habían dado su primer beso y habían pasado tantos ratos los cinco meses siguientes. Hasta habían hecho el amor allí en una ocasión. Pero había algo que no había hecho aún con Eme, ni allí ni en ningún otro lugar: decirle que le quería.

Eme no era una persona muy dada a expresar sus sentimientos y tampoco le agradaba en exceso que otros se los expresaran directamente. Eso le hacía sentir incómoda, ese tema de conversación no daba mucha cabida a sus bromas y su teatralidad. Equis era todo lo contrario, le encantaba expresar cuando estaba feliz de estar con alguien, aún sin llegar a decirle “te quiero”. Por eso sus poemas eran tan especiales entre ellos: Equis podía decir cosas profundas pero camufladas en regalos rimados. Aquel día quería decirle que le quería, y lo haría de la manera en la que más cómodo se sentía, que además era perfecta porque no daba pie a que Eme necesariamente tuviera que contestarle nada, lo cual seguro que ella agradecería.

Eme abrió el sobre y sacó una hoja doblada que había dentro. La desdobló y la leyó, primero en su mente y luego en voz alta.

2 – El beso que me robaste

Desde que tú aterrizaste
Algo luce en mi trastero
Algo mágico y nuevo
Que es equiparable al arte
Y que me hace sentir lleno
Y ya sé cómo lo sembraste
Fue la manera en que giraste
La pureza en el instante
En el que me diste un beso
Y todo lo que vino luego
Tú me revolucionaste
Quería decirte solo eso
Que desde el día en que llegaste
El beso que me robaste
Dice a gritos que te quiero

Diseño Capítulo 2 - El beso que me robaste

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