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EL LIBRO DE EQUIS

PARTE 1: CINERE

CAPÍTULO 3 - EL SUICIDIO DE LAS NEREIDAS

    - Es precioso Equis, me encanta… – dijo Eme todavía mirando el papel – y yo también te quiero a ti – añadió justo después, levantando la cabeza y mirando con cara de vergüenza.

Después de eso se abrazaron. Equis iba a reventar de felicidad, Eme le había dicho que le quería. Aquel momento fue precioso y jamás lo olvidaría. Ella estaba más contenta que nunca, y eso que era la chica más sonriente que Equis había conocido. Y todo era por él, no podía pedir más a la vida.

Dentro del sobre había también un papel más pequeño doblado. Era obvio que contenía la siguiente pista, pero Eme decidió esperar a abrirlo para fumarse un cigarrillo. Siempre hacía eso: antes de algo bueno, se fumaba un cigarro saboreando el momento previo, pensando en cómo disfrutaría unos segundos después. Cuando acabó, miró a Equis con una sonrisa y leyó la nota: 

“Si tú te pensabas
Que esto era el final 
Eme, te equivocabas 
Estamos justo a la mitad 
Y la próxima parada 
Será luego en tu morada 
Vas a quedarte alucinada 
Pero... ¡tendremos que cenar!” 

En realidad, Equis no había calculado bien el tiempo que le llevaría hacer el recorrido que habían hecho. Teóricamente, para cuando Eme leyera aquellos versos sería una buena hora para cenar, pero no eran ni las 20:30. Se lo confesó y ella respondió con una sonrisa ilusionada, esa que pones cuando sabes algo que la otra persona no.

    - Pues... ¿sabes una cosa? – dijo despacio, como haciéndose de rogar – Mi hermano me ha escrito antes para decirme que está con unos amigos por Lavapiés, así que en mi casa no hay nadie. Podríamos cenar allí y que me des mi regalo tranquilamente.

Eme y su hermano, Pedro, estaban muy unidos ya que se llevaban solo dos años y pertenecían al mismo grupo de amigos desde el instituto. Además, desde hacía mucho los dos compartían piso, por lo que siempre hacían vida juntos. Equis había notado que a Pedro no le hacía mucha gracia que ella pasara tanto tiempo con él últimamente. Esa había sido una de sus preocupaciones a la hora de organizarlo todo: que le arruinara el plan apareciendo por sorpresa o algo parecido.

Pero no, más bien todo lo contrario. Equis no podía estar más contento con aquella propuesta. Si le hubieran preguntado qué es lo que más feliz le haría en ese momento, hubiera dicho hacer exactamente eso que acababa de decir Eme.

Llegaron a su casa y lo primero que hicieron fue ponerse cómodos, servirse una cerveza y poner música de fondo. Era algo que pocas veces podían hacer: tener el piso de Eme para ellos solos. Ella se puso a repasar los regalos que había recibido hasta el momento, mientras Equis hacía una pizza con algunas cosas que habían comprado en el “super” de abajo. Cuando estaba poniéndola en el horno, habló a Eme desde la cocina.

    - Bueno, esto ya está. Ahora, a esperar 20 minutos. Y como tenemos que esperar, quiero proponerte un juego ¿te apetece? – Equis había asomado la cabeza por la puerta que conectaba el salón y la cocina para ver la reacción de Eme.

    - ¿Otro regalo? ¡Sí, quiero! – Respondió ella rápidamente – De hecho, estabas tardando...

    - Equis sonrió – Vale, pues tienes que traer algo de tu cuarto. Está debajo de tu cama, es una bolsa...

Antes de que acabara la frase, Eme ya se había levantado para ir a su habitación. Al poco volvió con una bolsa pequeña de papel en la que ponía “Para Eme”.

    - Pero tío, ¿cuándo has metido esto ahí? Fue el otro día, cuando viniste con la mochila porque decías que llevabas no sé qué libros ¿a que sí? – dijo sentándose de nuevo en el sofá del salón.

    - No sé de qué hablas – contestó Equis sonriendo y con cara de complicidad – Bueno, a ver, te tengo que explicar las reglas del juego. Saca lo que hay en la bolsa.

Eme sacó dos regalos pequeños que estaban envueltos, uno con papel azul y otro con papel rojo. Equis los cogió y los colocó sobre la mesa baja del salón que estaba frente al sofá, de manera que Eme los tenía delante, uno a su izquierda y otro a su derecha. Ella los miraba hipnotizada, vaticinando en su mente cómo podrían ser debajo del papel. Ya sabía lo que iba a suceder, porque a Equis le encantaba hacerle eso que tanto odiaba.

    - Tienes que elegir cuál quieres para ahora y cuál quieres para después de cenar – dijo él con una sonrisa malvada.

    - Puf siempre igual, tío – contesto ella sin dejar de mirar ambos regalos – Y ahora, ¿qué hago? ¿me mato o qué? – Equis echó a reír. Eme continuó reflexionando en voz alta – A ver, por una parte el color azul me gusta más, pero el rojo es más grande y tiene forma de libro. Eso me gusta. Pero el azul...

    - ¿Quieres que elija yo? – preguntó Equis sonriendo, sabiendo exactamente lo que diría Eme.

    - ¿Pero qué dices chaval? ¡Ni hablar! Elijo el rojo primero – contesto ella, quién tras un pequeño silencio añadió - ¡Cabrón!

Ambos echaron a reír. Eme cogió su regalo. Era rectangular, algo que parecía un libro pequeño. Equis le dijo que, antes de que lo abriera, quería contarle algo. 

Le recordó una de sus primeras citas, algo después del día de conocerse, en su tercera o cuarta quedada. Ese día habían decidido ir a Chueca a tomar unas cervezas y fue cuando Equis habló a Eme de sus poemas. Pocos meses antes había dejado su trabajo en el cine de su barrio para intentar dedicarse profesionalmente a lo que más amaba, la poesía. Fue una época en la que estaba tremendamente ilusionado con su proyecto y eso le hacía estar radiante. Quizás por eso atrajo a una chica tan especial como Eme. 

Equis tenía cuadernos en los que escribía poemas que se inventaba en su día a día. Ya iba por el cuarto. Era algo muy especial porque, dependiendo del momento, a Equis le salían poemas que expresaban emociones muy diferentes. Aquel día en Chueca le contó a Eme que estaba a punto de llenar entera la libreta que se había comprado unos meses antes. Eme le pidió que le dejara leer algo de su cuaderno y él aceptó: le dejó leer los dos últimos poemas que había escrito. 

Esa noche la pasaron juntos en casa de Eme. Mientras ella dormía, Equis había cogido su cuaderno y había escrito un poema inspirado en Eme titulado: “El suicidio de las Nereidas”. Le gustó tanto que, además, lo escribió en una hoja a parte para regalárselo la mañana siguiente. A ella le encantó. Además dijo que también quería tener su propio cuaderno, aunque ella no haría poesía, se expresaría a su modo. A Equis le pareció una idea genial, ya que pensaba que Eme tenía una mente increíblemente creativa y que podría ser algo muy bonito que viera sus pensamientos escritos. Eme también le había contado varias veces que tenía miles de ideas para escribir, pero él veía que al final nunca se ponía con ellas. Equis pensaba que quizás necesitara un incentivo para empezar a hacerlo. 

    - Eme, eres una persona increíble y creo que cualquier cosa que escribas en este regalo será lo más genial del mundo, solo por salir de ti – dijo Equis al acabar de recordar aquella historia. 

Eme estaba ansiosa por abrirlo. Arrancó el papel que envolvía el regalo haciendo que se rompiera mucho, a posta. Le encantaba hacer eso. Era una libreta de cuero clara en la que ponía grabado en la portada: “EL LIBRO DE EME”, con letras negras y elegantes. Era preciosa, parecía una libreta antigua que contenía el diario de un viejo pirata o algo así. Eme tenía cara de tener algo en las manos que realmente le gustaba. 

    – ¡Está guapísimo Equis! ¡Me encanta! No sabes la de ideas que tengo para escribir aquí – dijo entusiasmada. 

Equis le dio un beso y le dijo que en la última página había una dedicatoria. Sabía que debía ponerla en la última, porque Eme querría tener la exclusividad de escribir la primera frase en la primera página de su libro. Ella leyó la dedicatoria, una vez más, primero en su mente y luego en voz alta.

3 – El suicidio de las Nereidas

Piernas largas, taconeo
Ella no tiene vértigo 
La cabeza más alta del recreo 
Plutonio hermético 
Princesa bloqueo 
Somete escépticos 
Ella es única, siempre lúdica 
Y flipo con su contoneo 
Ella es ella, no se peina 
Es guapa de por si 
Si tan solo con sonreír 
Una vez fundió la niebla 
¿Cómo será oírla pensar? 
Si escucharla suena a paz 
Tanto que amansa a las fieras 
¿Cómo no la voy a adorar? 
Si por su mente, por su amor 
Por su visión de Reina 
Si por envidia a su atracción 
Se suicidaron las Nereidas 

Diseño Capítulo 3 - El suicidio de las Nereidas

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